Un artículo muy pero que muy interesante.

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Llevo unos días ocupado y no he tenido la tranquilidad necesaria para asomarme a esta tarima. Sin embargo sí que leo la blogosfera y hoy me he encontrado con un artículo muy pero que muy recomendable: Educación, metodología y cambio de siglo, por Enrique Dans. Hace mención a él en su imprescindible blog. Hasta los comentarios son imperdibles. Podéis descargarlo en PDF.

Yo voy a citarlo completo, que es cortito y os ahorro en clic. A la vez que hago mis subrayados:

Ir a clase. Piense en esa frase. Paladéela, evoque todas las ocasiones en las que la ha pronunciado. Sentarse en una silla y asistir al evento central de la vida académica. Formarse, adquirir conocimientos, recibir un título… todo pasaba por el acto repetitivo de ir a clase. Podemos tener códigos de asistencia más o menos rígidos, profesores mejores o peores, pero la esencia nunca cambia: la clase es el momento de la transmisión del saber del profesor a aquellos que tiene ante sí. Mi contacto con la Universidad española tuvo lugar entre 1984 y 1989. Entonces, sin avances como internet, Google o Wikipedia, la clase tenía sentido: el acceso al conocimiento era caro, incómodo, difícil de digerir. El profesor escogía fuentes, las hacía asimilables y las transmitía a unos alumnos que las vertían en sus apuntes. La clase consistía en un docente que proporcionaba material a unos alumnos afanados en volcarlo en hojas de papel. Llegar con papeles en blanco, salir con ellos llenos de texto y diagramas. Rigurosamente unidireccional: el docente no invadía el espacio de los alumnos, porque no tenía sentido: la nota dependía de los exámenes, y la clase no tenía que ver con ellos.

Había un cierto consenso en que quien iba a clase tenía más posibilidades de aprobar, aunque sólo fuese por la retención derivada de tomar apuntes. Sin embargo, he visto a alumnos obtener buenas notas sin pisar el aula: todo era tener un buen copista, como era mi caso: dotado de una gran velocidad de escritura, acudía rigurosamente a clase y cedía mis apuntes a aquel que me los pedía. Pasear por la biblioteca era reconocer mi letra en múltiples mesas, y ver como algunos compañeros, con mis apuntes, obtenían en ocasiones mejores notas que yo.

Mi experiencia de universitario del siglo pasado contrasta de manera brutal con la de docente de este siglo. En primer lugar, el acceso a las fuentes de información se ha universalizado. Los alumnos tienen la información al alcance de un clic, y pasean por ella con naturalidad. La transmisión del conocimiento también ha cambiado: si en mi clase me pongo a leer unos apuntes, mis alumnos saldrán en pocos minutos a pedir mi sustitución. Las escenas de mis años de Universidad son ya recuerdos lejanos del siglo pasado.

Lo que hoy vivo en una clase va mucho más allá de la transmisión de información: provocar discusión, participación, fijar conocimientos mediante experiencias, vivencias, aportes personales… La información llega antes de la clase, se enriquece, se trabaja sobre ella, y la clase se centra en tareas de más valor añadido. Tomar apuntes en una clase es un uso ineficiente del tiempo y de la atención.

La tecnología es una parte importante de esta transformación. No sólo lleva información a los estudiantes, sino que permite además que el profesor la use para comunicarse, discutir en foros, proporcionar fuentes adicionales, etc. El flujo de información cambia incluso el caduco principio de autoridad: el profesor no puede asumir que tiene más o mejor información que sus alumnos. Además, la tecnología hace desaparecer las paredes del aula: cada semana doy clase a alumnos en los más diversos lugares del planeta, a los que integro en la discusión mediante cámaras web, mientras ellos me ven a mí en una ventana, mi presentación en otra, y comentan o preguntan en una tercera: una enseñanza online que, lejos de ser un autoestudio de bajo coste, es una clase de verdad, con su riqueza y experiencias, en la que la profundidad de la discusión, ayudada por la mayor riqueza del medio, va más allá que la clase convencional.

Este año, llevado por esa paradoja, he empezado a introducir la vertiente electrónica en clases que no lo son: tras la sesión presencial, los alumnos encuentran un foro en el que continuar la clase, preguntar dudas, aportar ideas, materiales… la clase ya no termina cuando el reloj da la hora.

La evolución de las metodologías de enseñanza va paralela a la revolución de la tecnología. ¿Pueden las instituciones usarlo para mejorar la calidad del producto? En eso consiste el reto de la educación en este ya no tan reciente cambio de siglo.

¿No os decía que era buenísimo?

3 comentarios en “Un artículo muy pero que muy interesante.

  1. Sí señor, muy buen artículo. Me parece fantástica la reflexión.
    Ciertamente en eso consiste uno de los retos de la educación. Pero yo me pregunto: ¿podrá la la revolución tecnológica acabar con el fracaso escolar?
    Un saludo.

  2. Pach

    Muy buena la reflexión, sin embargo es una verdadera lástima que se quede en eso. Gracias a la tecnología y al trabajo de todos los que aumentan constantemente los “fondos electrónicos” nuestra búsqueda del saber es menos costosa y más democrática.
    La pena es ver cómo siguen siendo pocos los profesores que son capaces de cambiar su metodología y aprovechar todo lo que tenemos a nuestra disosición paara abandonar definitivamente la “clase magistral”.
    Saludos a tod@s

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