Menores y nuevas tecnologías. Lectura crítica de un documento.

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Os traigo al blog un artículo muy interesante del Fiscal de Menores de León, Avelino Fierro Gómez.

Fue difundido en la “I Jornada Provincial sobre Prevención y Control del Absentismo Escolar”, realizada en León el pasado jueves, 21 de octubre, aunque el artículo ya estaba publicado con anterioridad en algún blog. Y sobre esta base, permítaseme hacer algún comentario, que modestia aparte, creo que es tanto o más interesante.

Leíamos hace unos meses en una encuesta sobre los jóvenes que su mayor apetencia, por encima de otras ocupaciones ociosas y vicios veniales, era el hablar. Se entiende así el desmedido afán al parloteo en chats, messengers, redes y otros ámbitos similares que las nuevas tecnologías han puesto de moda y rendido a sus pies.

Su preparación técnica y el acceso barato y privilegiado a esos artilugios, el paso de la “galaxia McLuhan a la galaxia Gates”, ha escindido todavía más y ahondado la separación entre jóvenes ciberadaptados y adultos analfabetos. Parece abrirse un corte epistemológico y comunicativo entre padres e hijos, profesores y alumnos.

Pero no hay que ser apocalípticos ni agoreros. Puede que el uso de la biblioteca global dé al traste con los monopolios del conocimiento, pero el aprendizaje seguirá teniendo las mismas pautas de siempre, indisociables de la soledad y el esfuerzo. Y de la guía y tutela del maestro o profesor o padre, del mayor ilustrado. Los jóvenes son (y los mayores también) lo que han leído y lo que han obtenido hincando los codos.

La expansión e incremento en las aulas de la tecnología informática no va a variar lo dicho. Puede, eso sí, hacer algo más atractivas algunas clases o materias a los alumnos de la “generación del pulgar”, pero no va a suponer -como afirman los responsables políticos del momento- un cambio en la forma de enseñar y aprender. El ordenador no es garantía de ningún tipo de aprendizaje.

Sobre este último párrafo tengo que a hacer algunas puntualizaciones: si los profesores no cambiamos nuestra forma de entender la educación y el aprendizaje, la forma de comprender la evaluación, no tengo más remedio que coincidir con la afirmación del fiscal. Y creo que, por desgracia va a ser así: las pruebas nos lo confirman. Los libros de texto digitales no son sino transcripciones más o menos afortunadas y coloristas de los libros de texto tradicionales. Los profesores “más atrevidos” incluso elaboran sus “powerpoines” y piden a los alumnos que hagan lo propio.

Pero “tanta tecnología” no es más que el mismo perro con distinto collar. Me gustaría (pero la prudencia me lo impide) compartir con vosotros alguna de las “enormes iniciativas” en el campo de las TICC que he podido leer en algunas programaciones de compañeros, por otra parte buenos profesionales de la educación… Tal y como venimos entendiendo la educación desde hace siglos.

Lo que realmente permite la nueva tecnologia, los ordenadores en el aula y sobre todo la red, es un cambio real en el modelo de enseñanza aprendizaje, donde podemos aprender juntos, profesor y alumno, pues el educador se convierte en un “pedagógo” en el sentido etimológico del término: alguien que ayuda a caminar al alumno (y que por lo tanto camina con él).  Los alumnos tienen acceso a la mayor biblioteca del mundo, a conocimientos que ni el profesor más erudito podría reunir en su mente, a recursos audiovisuales que antes sólo estaban al alcance de muy pocos…Y el profesor guía, como adulto que es, ese aprendizaje. No es el que sabe. Es el que ayuda a entender y seleccionar, el que ayuda a construir el conocimiento. (Pero en este país nunca fuimos muy constructivistas…)

Así que nada más lejos de la idea postmoderna (aunque el post dicen que ha pasado de moda, no tengo a mano otro ismo de recambio para hablar de la puerilización general de la sociedad) de que el uso – y abuso- de los tuentis, googles, facebooks, wikipedias, bluetooths, spotifys y demás ocurrentes inventos globales confiere al usuario un status de aventajado, enrollado y alfabetizado chico “a la última”, aunque somos conscientes de que un adolescente un poco dejado en estos asuntos puede parecerles a sus colegas un auténtico hombre de las cavernas.

Una nueva discrepancia: no creo que la puerilización de la sociedad (real por otra parte) sea culpa de los medios tecnológicos. Creo que fiscal intenta culpabilizar la red cuando es un problema de contexto social: los padres que hiper- protegemos a nuestros hijos, la sociedad que busca seguros de vida y de todo, que normaliza y penaliza el riesgo y que desea adolescentes perpétuos, no adultos responsables y críticos

Bueno, podemos concederles que se cuelguen el pin de “navegantes virtuales”. Pero nada más. Y como cuenta jose@ngel, mi asesor informático, sus alumnos acabarán siendo disléxico-afásicos si siguen trasladando su forma de escribir a su manera de (no) pensar y redactar: ts kmo 1 kso; tcho d -; dtas?; isbl tba cntro n lumdo; mna ns bmos; dso k tgs bn find. Acaba escribiéndome: para __ :(. Y adjunta traducción: estás como un queso; te hecho de menos; ¿dónde estás?; isabel estaba con otro en el húmedo; mañana nos vemos; deseo que tengas buen fin de semana; para echarse a llorar.

Sorprende -¿o no tanto?- ver cómo articulistas y pedagogos, progresistas e intelectuales siguen vinculando progreso y conocimiento a los chips electrónicos y no a las neuronas cerebrales, a la ocurrencia del recién llegado y no a la sabiduría de la tradición.

Si a uno de sus personajes Dostoievski le apodó “el idiota” por decir, bajo exigencias del guión, que “la belleza salvará el mundo”, no sé cómo tendríamos que llamar a los que insisten, sin discriminar, en que “la técnica nos hará libres”, nos emancipará de no se sabe qué, acabará con la caspa.

Una vez más creo que nos vamos a los extremos: ni la tecnología nos hará idiotas (los que escriben en lenguaje de móvil son simplemente unos incultos -que por otra parte siempre los hubo-) ni tampoco nos hará más libres (la libertad hay que ganársela y trabajarla -el fútbol no es la droga del pueblo si no deseas que lo sea: internet o la tv tampoco, pero hay que pensar y ser crítico).

Para ilustrar de alguna manera el estado de la cuestión pueden servir las apostillas que Nacho Camino hace en su blog sobre enseñanza y sociedad al artículo de Vicente Verdú, (excelente escritor y columnista, por otra parte), “Melancolía del fin”, publicado en “El País” de 21 de enero de 2010. Lo corto y pego en su totalidad porque es amigo y porque cita a Brodsky a quien un servidor ha leído de rodillas.

“Al contrario de lo que suele pregonarse, el esfuerzo para que los chicos lean a Cervantes o a Manolo Longares, aprecien los conciertos de Brahms o celebren la pintura de Manet y Ráfols-Casamada es una marcha atrás, con lo que en lugar de hacerles avanzar los convertirá enretrasados”.

En esto el tal Vicente Verdú mete la pata hasta el cuello. El ser humano lo es en gran medida (si no en todo) por la cultura que heredamos y nos nutre. Brams fue y es un genio. Cervantes es otro. Como lo son, a su nivel, Salgari, Verne o porqué  no Clint Eastwood o Will Smith.

Vicente Verdú confunde el uso y dominio de la tecnología y las múltiples ventajas que ofrece con la mediocridad y la simpleza. Si alos alumnos les gustan los medios, usémoslos, llenémoslos de contenido, seamos sus cicerones…

Esto escribe Vicente Verdú en un artículo de El País. Parece una frase epatante, pero, en realidad, es un cliché tan viejo como las vanguardias de principios del Siglo XX. Lo que se desliza como un juicio visionario no es sino el repetido mito de la “tabla rasa”. El pasado, la tradición, la herencia cultural toda: un pesado lastre.

A eso se refería Marinetti cuando, en 1909, decía que un Ferrari era más bello que la Victoria de Samotracia: lo cual, por cierto, no significaba más que cambiar un icono por otro. El deportivo como metáfora de un progreso imparable. Al igual que Verdú, el italiano estaba convencido de que tal progreso consistía en demoler el mármol de los maestros antiguos. Pero el impulso artístico del ser humano no dejó por ello de investigar más allá de la fascinación por las máquinas veloces.

Cien años después, la historia se repite. Dice Verdú que “la cultura es la cultura de cada época”, como si con cada nueva generación la Humanidad se viese obligada a formatear su disco duro. Sostenemos que no existe un modelo cultural absoluto para concederle tal estatus a la Actualidad. Arroja al fuego los viejos libros, rechaza el viejo contrapunto, desecha lo que ya sabemos. Corre.

Tengo mis dudas de que se pueda llegar muy lejos tan ligero de equipaje. Sí, tal vez, si lo que se quiere es emular a un coche de carreras. Pero la vida es un poco más larga que el Circuito de Bahrein, y, para quienes no ejercemos de profetas, mucho más impredecibles sus caminos. Así que tal vez convenga avituallarse antes de tomar la salida.

“¿Pinturas enmarcadas? ¿Sinfonías solemnes? ¿Lecturas parsimoniosas? El tiempo que ahora discurre es incompatible con la majestad, la jerarquía y la lentitud. Es incompatible con la reflexión, la concentración y la linealidad para ser, por el contrario, veloz emocional, complejo e interactivo”.

Puro “futurismo”. Es de admirar cómo elige Don Vicente las palabras para pintar nuestro legado artístico con los colores más grises. De veras que le dan a uno ganas de bostezar. Suele ocurrir cuando se vocea una premisa totalitaria: se acude a los estereotipos que mejor contribuyan a la vulgarización del adversario. Así, a esa herencia se le llama “el pesado fardo de otros siglos”. El presente, en cambio, es un paisaje de fascinante policromía.

Una idea semejante de la cultura no deja de tener su reflejo en lo que, según Verdú, debe ser la educación del Siglo XXI: “De este modo, cualquier profesor de universidad o de escuela que, impulsado por su entusiasmo, pretenda comunicar el disfrute de esa cosmología chocará con mentalidades extrañas, radicalmente apartadas de ese universo cultural”.

Bueno, probablemente la frase sea cierta, se producirá ese choque. Pero eso no implica que el profesor deba renunciar a que se produzca. Es nuestra labor ayudar a hacer crecer mentes y libertades.

Así que no se entusiasmen, profes. Esa cosmología no mola, y ustedes deben entender que sus alumnos rechazen “radicalmente” todo aquello cuanto desconocen. ¿Qué enseñar, pues?

“A la escuela se le escapó de las manos la enseñanza de la fotografía, del cine, de la televisión, de  la publicidad o de la música pop por considerarlos fenómenos de baja calidad, totalmente indignos de llamarse cultos”.

Falso. Invito a Don Vicente a que eche un vistazo a las programaciones y libros de texto de los últimos años. Por ejemplo, de las asignaturas de Música y Dibujo. Todas esas manifestaciones contemporáneas, y otras como el cómic, se incluyen en el temario con tal celo que apenas dejan espacio a la música, así llamada, “clásica”. Hasta puede uno darse de bruces con una foto de los Estopa o de La Oreja de Van Gogh, ídolos fugaces que serán reemplazados en las fotografías por quienes les hayan de suceder en el podio de los Super Ventas. Esto es así porque, a qué dudarlo, los rumberos catalanes son más interactivos, complejos y emocionales que Stravinsky, Mozart, Chet Baker, Stockhausen o la Velvet Underground. La Escuela de hoy, teledirigida por los nuevos idiócratas, ya está haciendo exactamente lo que usted demanda.

La música pop, dice. ¿Qué pop, Don Vicente? ¿Cree usted que la inmensa mayoría de alumnos escuchan a grupos como Animal Collective, The Divine Comedy, Sr. Chinarro o John Zorn?.

No, por cierto. Y le aseguro que iniciarlos en la escucha de tales grupos es una tarea tan difícil como estimular su interés por los madrigales de Monteverdi. Lo que ellos conocen es lo que vomita la Radio Fórmula, que, como usted sabrá por Umberto Eco, suele corresponderse con productos artísticos de ínfima calidad y que, en cualquier caso, son sólo explicables por la tradición anterior.

Fíjese como tira del hilo un errado profesor de instituto:

Dice usted:

“Ahora está ocurriendo algo parecido. Las lágrimas derramadas porque los chicos no cojan un libro o no sepan valorar a Gerhard Richter impedirán ver la cultura que bulle en la red y donde, desde el net-art a las nuevas fórmulas narrativas, desde el rap o los grafiti, constituyen un sistema en el que la instrucción y el pensamiento crítico tienen mucho que hacer”.

Public Enemy, crucial grupo de rap, citaba como influencias a Ornette Coleman (free jazz) y Miles Davis (cool jazz). Miles Davis tiene como referente a Charlie Parker (Bebop), quien, a su vez, admiraba profundamente a Stravinsky. Y Stravinsky, vanguardista e iconoclasta, pasó también por una etapa neoclásica que era en realidad “neobarroca”, por cuanto gustaba de recrear formas musicales tan antiguas como la Passacaglia… Eso tirando de uno solo de los hilos de la madeja.

Penélope no es un invento de Google, como Homer no es sólo un simpático gordito que devora rosquillas.

Lo referido a la música es extensible a cualquier arte, pero ya lo sabe usted de sobra. Si suprimimos la reflexión, la jerarquía, la lentitud y cualquier cosa que nuestros adolescentes no consuman a diario, ¿para qué la Escuela? Como decía Brodsky, “la cultura es elitista por definición”.

En esto no puedo estar más de acuerdo. “La cultura es elitista”. Más que nada porque exige esfuerzo, y el esfuerzo no es plato de gusto. Nunca lo ha sido y ahora menos. Pero no creo que sea consecuencia de las nuevas tecnologías sino de una sociedad “muelle” y facilona, donde los padres (incultos también) desean que sus retoños, a veces muy incultos y necios (pues ni saben ni quieren saber) sean universitarios de pro, sin saber hacer la “o” con el canuto auxiliar. O de los medios que nos presentan como héroes a chicos “NI – NI”, o a ex-mujeres de toreros mediocres reconvertidas en intelectuales del cátodo -perdón, de los leds-. El mundo es hoy muy complejo, más que en generaciones anteriores.

Y ser culto exige “cultivo”.

Tampoco debemos escandalizarnos porque no todos sean cultos. Nunca lo fueron, ni en la época de Lope de Vega, ni en la de Ortega. No todos los biólogos de estudios somos Severo Ochoa. Ni todos los de ciencias escribimos como el doctor Marañón.

Pero un logro poco discutible de los tiempos modernos (y de la denostada LOGSE en España) es aumentar la edad de escolarización, aumentar las oportunidades de acceso a esa cultura. No todos lo aprovechan. Más bien pocos. Pero todos están en las misma línea a la hora de comenzar la carrera de la sabiduría.

Y no por razones sociales, sino porque exige los dos requisitos que usted parece negar a nuestros jóvenes: esfuerzo y tiempo. Mucho tiempo.

Si usted dispone de él, reflexione sobre ello.

Al final me extendido demasiado. Ruego clemencia en la crítica.

Tengo acceso al documento gracias a mi director, que asistió a la jornada. (Ya está en Twitter, pero no quiere difundirlo mucho)

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